Retratando la ausencia
Retratando la ausencia, Uribe nos grita que ahí se cometió un crimen, uno de tantos; que en ese punto preciso la barbarie se cobró una vida. Sus fotografías nos perturban porque arruinan el compromiso con el olvido. Sus palabras nos golpean porque revientan la mentira con la que pretende enterrarse la causa de tanto dolor, de tantas víctimas.
Patxi López, Lehendakari del Gobierno vasco
El sentido de la decepción
Hacía ocho meses que no fotografiaba escenarios de los asesinatos realizados por Euskadi Ta Askatasuna, ETA. Casi los mismos que llevamos escuchando voces que dicen, que venden, que aseguran, que pronostican el fin de ETA. Lo leo en la prensa, en Internet, lo escucho en la radio, lo veo en televisión. Pero no me lo creo. Tantos años de convivir con la violencia y los violentos acaban por implantarte un sexto sentido, el de la decepción.
El sentido de la decepción me dice que no debo creer nada. La decepción me lastra con declaraciones, manifiestos, proclamas… estrategias. La decepción me lleva a la impermeabilidad ante cualquier declaración de ETA y su cadena política. No dejan las armas ahora, ya, en este mismo momento. En un bosque caduco, un montón de bombas lapas no están saliendo del agujero para desactivarse en la chatarrería. No sucede. No ocurre. Eso es todo lo que cuenta.
A José María Lidón, catedrático de la Universidad de Deusto y magistrado de la Audiencia Provincial de Vizcaya, lo asesinó ETA porque no encajaba en su proyecto totalitario y criminal, pero, sobre todo, porque luchó contra ella.
Hormigón armado
Llevo algunos días de retraso en estas crónicas y me es difícil planificar el trabajo para tomar las fotos el aniversario de cada crimen. Pero la hora, sí trato de ajustarla. Horas a oscuras, horas a solas, horas de barullo, horas apartadas. Acabaré por pensar que es posible realizar un análisis de la locura etarra mediante las horas en las cometió sus crímenes. Aunque hay quien me dice que no.
Por ejemplo, ayer, un conocido me dijo que lo iba a atener jodido para saber la hora y el lugar exacto de la muerte de Jon Anza. Le respondí que me centraba en exclusiva en los crímenes de ETA, y que en el caso de que tuviera que hacer esa foto preguntaría a alguien de la borrokada. Al parecer saben de sobra cómo sucedió todo. Sabes muy bien que fueron los picoletos, me respondió, la cosa huele de lejos. Hay ocasiones, cuando hablas con gente muy patriota, en las que lo escuchado toma la textura del hormigón armado. Hormigón por la inmovilidad y armado por la enfermiza y permanente justificación de la violencia, por la desesperada búsqueda de excusas para continuar unos crímenes que jamás debieron cometerse.
Cualquier duda que puedan manipular, y en la muerte de Jon Anza asoman unas cuantas, es un balón de oxígeno para justificar el terror. Para decir que sí a asesinatos como los de los guardias civiles Luís Aragó Guillén en Donosti, y Modesto Martín Sánchez en Errenteria, en presencia de su familia.
Tres iconos y cuatro crímenes
El txakoli de Getaria, el barrio del Antiguo junto a la playa de Ondarreta y el paseo de Miraconcha, alzado sobre la bahía de Donosti. Tres joyitas, tres reclamos turísticos, lugares comunes para ensalzar la belleza y el carácter de la tierra vasca. Porque eso es lo importante, al menos para algunos que suman muchos: la tierra vasca. Es importante remarcar la singularidad. Y si tiras un poco más, en seguida te sale la diferencia. Esas dos palabras que cada vez que escucho comprendo menos: Hecho diferencial. En Euskadi y Navarra existen miles de personas que aún no han comprendido que todos los mitos que ensalzan la nobleza vasca son falsos, que la palabra de un vasco no vale más que las demás y que la conciencia vasca, si por algo se ha diferenciado en estos últimos cincuenta años, es por sumar casi mil muertos. Un reclamo, a primera vista político y cultural, que tan solo habla del dinero y del poder. Hecho diferencial que se constata en “pequeños” y “divertidos” actos como el celebrado este pasado Carnaval en Bilbao, donde el PNV, en un alarde de escasa imaginación, sacó a pasear el fantasma de los irredentos galos. “Argumento” que hasta hace poco era esgrimido por la izquierda patriótica vasca. El hecho diferencial, un acto de fe, ha calado muy hondo.
¿Pensaron los organizadores de esa pantomima el modo en que se retrataban? ¿Pensó el guionista lo que significaban sus palabras? ¿No sabía que era un boomerang lo que lanzaba? ¿Por qué no una parodia contra ETA, si es el mayor enemigo de los vascos? Sencillamente, porque muchos vascos no lo ven así.
ETA asesinó un día 13 de marzo a Manuel Albizu en Getaria, a Constantino Gómez en Mondragón y a José Antonio Álvarez y Ángel Jesús Mota en Donosti. Cuatro crímenes que nos dan otra visión, más descarnada y real, de lo que ha significado, y aún significa, el hecho diferencial vasco.
Extracto de prensa
Este es un extracto de una de las notas de prensa sobre el asesinato:
El psicólogo de la prisión de Martutene, Francisco Javier Gómez Elósegui, miembro histórico del sindicato nacionalista ELA, partidario de la distensión y la negociación para acabar con la violencia, y contrario a la dispersión de los presos etarras, fue asesinado de un tiro en la nuca en el barrio donostiarra de Gros.
Dice mucho como para añadir algo más.
Vaya, cómo se olvida uno de algunas cosas.
La fábrica de Aplicaciones Técnicas del Corcho primero estuvo en Aduna y después marchó a Villabona. Hace años de eso, tantos que en los talleres donde pregunto me mandan a Villabona de todas todas. Acabo por sospechar que jamás estuvo en Aduna, incluso me desvío hasta Zizurkil con una información errónea, pero allí no está. Así que vuelvo a Aduna y de nuevo me vuelven a indicar el camino hacia Villabona.
Es imposible que el rastro de una planta industrial se pierda ante mis narices. Lo sé, tan solo debo buscar mejor, pero el frío es intenso y cuesta abandonar el calor del vehículo. Tras unos minutos caminando por una zona de talleres y almacenes sin un alma a la vista, veo a tres jubilados que pasean. Me dirijo hacia ellos. Son antiguos trabajadores de la zona y dicen conocerla bien. Aun así, dudan. ¿La planta de ATC? En Villabona, dice uno. No, dice otro, más hacia donde está ahora Unipapel. Pero hace muchos años de eso, dice el tercero. ¿Seguro que no estaba también en Villabona la planta vieja? No, no, estaba aquí en Aduna, lo que pasa es que… entonces les digo lo que estoy buscando. El lugar donde ETA asesinó en 1978 a un guardia civil retirado que se llamaba José María Acedo Panizo y que en aquel tiempo trabajaba como portero de la fábrica. Casi al instante, los tres hombres viajan treinta y dos años y me indican el lugar sin duda alguna. En la entrada a este polígono, dice uno, pegadito a la carretera, ahí estaba la portería de la fábrica donde lo mataron. Si, ahí mismo, dice otro. Y el tercero, ¿aquello era ATC? Vaya, como se olvida uno de algunas cosas.
Algo en sus manos
Llego a Mondragón dos días antes del aniversario del asesinato de Isaías Carrasco. En el barrio donde vivía suenan acentos sudamericanos, extremeños, gallegos y euskaldunes. No me es ajeno. Vivo en un barrio similar, creados en una época de movimientos de personas y familias hacia las localidades industriales. Callejeo sin prisa y me asomó al patio de un colegio. El barullo infantil se impone sobre la calma del mediodía. Un grupo de niños hacen corro en un extremo del patio. Uno de ellos sujeta en sus manos algo que los demás admiran. No sé qué es, no puedo verlo. Dos niños más se unen al corro. La curiosidad me vence y adelanto unos pasos junto a la valla. Entonces, el niño que sujetaba algo en las manos echa a correr perseguido por los otros. Al cabo de unos segundos la narración se diluye, se desvanece ante mis ojos para continuar en otro lugar al que yo no puedo acceder.









